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La historia es demasiado larga para explicarla aquí: empezando por el rechazo de los zapatistas a la idea de la toma del poder y su intento de crear un modelo de organización democrática en el que pudiera inspirarse el resto de México; la creación de una red internacional (Acción Global de los Pueblos o AGP) que hizo un llamamiento a jornadas de acción contra la OMC (en Seattle), el FMI (en Washington, Praga...), etc. y, por último, el hundimiento de la economía argentina y la impresionante rebelión popular que de nuevo rechazó la idea de que la solución pasase por la sustitución de un grupo de políticos por otro.
La historia es demasiado larga para explicarla aquí: empezando por el rechazo de los zapatistas a la idea de la toma del poder y su intento de crear un modelo de organización democrática en el que pudiera inspirarse el resto de México; la creación de una red internacional (Acción Global de los Pueblos o AGP) que hizo un llamamiento a jornadas de acción contra la OMC (en Seattle), el FMI (en Washington, Praga…), etc. y, por último, el hundimiento de la economía argentina y la impresionante rebelión popular que de nuevo rechazó la idea de que la solución pasase por la sustitución de un grupo de políticos por otro.

LA DEMOCRACIA

El primer ciclo del nuevo levantamiento global, lo que la prensa insiste en seguir llamando absurdamente «movimiento antiglobalización», empezó en los municipios autónomos de Chiapas y culminó en las asambleas barriales de Buenos Aires y otras ciudades argentinas. La historia es demasiado larga para explicarla aquí: empezando por el rechazo de los zapatistas a la idea de la toma del poder y su intento de crear un modelo de organización democrática en el que pudiera inspirarse el resto de México; la creación de una red internacional (Acción Global de los Pueblos o AGP) que hizo un llamamiento a jornadas de acción contra la OMC (en Seattle), el FMI (en Washington, Praga…), etc. y, por último, el hundimiento de la economía argentina y la impresionante rebelión popular que de nuevo rechazó la idea de que la solución pasase por la sustitución de un grupo de políticos por otro. El eslogan del movimiento argentino fue, desde el primer momento, «que se vayan todos», en clara referencia a los políticos de todas las tendencias. En lugar de un nuevo gobierno, crearon una amplia red de instituciones alternativas, empezando por asambleas populares a nivel de los barrios urbanos (la única limitación a la participación es que no se puede formar parte de un partido político), cientos de fábricas ocupadas y autogestionadas por los obreros, un sistema complejo de «trueque», una nueva moneda alternativa que les permitiera seguir operando, en resumen, una variedad infinita de prácticas relacionadas con la democracia directa.

El eslogan del movimiento argentino fue, desde el primer momento, «que se vayan todos», en clara referencia a los políticos de todas las tendencias. En lugar de un nuevo gobierno, crearon una amplia red de instituciones alternativas...
El eslogan del movimiento argentino fue, desde el primer momento, «que se vayan todos», en clara referencia a los políticos de todas las tendencias. En lugar de un nuevo gobierno, crearon una amplia red de instituciones alternativas…

Todo esto ha ocurrido bajo la mirada atenta de los medios de comunicación oficiales que, sin embargo, no han sabido entender las grandes movilizaciones. La organización de estas acciones es una viva ilustración de lo que podría ser un mundo democrático, desde los muñecos festivos a la cuidadosa organización de grupos de afinidad y encuentros, sin necesidad de recurrir a una estructura jerárquica sino siempre a partir de una democracia directa basada en el consenso. Es el tipo de organización con el que la mayoría ha soñado alguna vez y considerado imposible, pero que funciona, y de una forma tan efectiva que ha desbordado por completo a la policía de muchas ciudades. Por supuesto, esto tiene que ver con el uso de unas tácticas que jamás se habían empleado con anterioridad (centenares de activistas vestidos de hadas madrinas golpeando a la policía con plumeros o equipados con trajes hinchables y cojines de goma que rodaban por las barricadas como muñecos Michelin, incapaces de herir a nadie pero al mismo tiempo inmunes a los golpes de la policía…), tácticas que subvirtieron por completo las categorías tradicionales de violencia y no violencia.

 La diversidad era el resultado de la forma de organización descentralizada, y esta organización era la ideología del movimiento.
La diversidad era el resultado de la forma de organización descentralizada, y esta organización era la ideología del movimiento.

Cuando los manifestantes cantaban «así es la democracia» en Seattle, lo decían muy en serio. En la mejor tradición de la acción directa, no solo se enfrentaron a una cierta forma de poder, desenmascarando sus mecanismos e intentando ponerle literalmente freno, lo hicieron demostrando los motivos por los cuales el tipo de relaciones sociales en las que se basaba dicho poder eran innecesarias. Es por este motivo que las afirmaciones condescendientes de que el movimiento estaba dominado por un grupo de jóvenes descerebrados sin una ideología coherente carecen totalmente de sentido. La diversidad era el resultado de la forma de organización descentralizada, y esta organización era la ideología del movimiento.

La palabra clave del nuevo movimiento es «proceso», en referencia al proceso de toma de decisiones. En Norteamérica, ésta se realiza casi siempre a través de algún proceso que busca el consenso. Como ya he comentado, esto es ideológicamente mucho menos agobiante de lo que podría parecer porque se considera que en todo buen proceso de consenso nadie debe intentar convencer a los otros de convertirse a sus puntos de vista, sino que se busca que el grupo llegue a un acuerdo común sobre cuáles son las mejores medidas a adoptar. En lugar de votar las propuestas, éstas se discuten una y otra vez, se desestiman o reformulan, hasta que se llega a una propuesta que todos puedan asumir. Cuando se llega al final del proceso, al momento de «encontrar el consenso», existen dos posibles formas de objeción: uno puede «quedarse al margen», es decir, «no estoy de acuerdo y no participaré pero no evitaré que nadie lo haga», o bien «bloquearlo», lo que tiene el efecto de un veto. Solo se puede bloquear una propuesta si se considera que se vulneran los principios fundamentales o las razones por las cuales se está en un grupo. Se podría argumentar que cualquiera que tenga la valentía para enfrentarse a la voluntad colectiva (aunque por supuesto hay también formas de evitar los bloqueos sin sentido) desarrolla la misma función que las cortes en la Constitución de los EE.UU., que vetan las iniciativas legislativas que violan los principios constitucionales.

No sólo se enfrentaron a una cierta forma de poder, desenmascarando sus mecanismos e intentando ponerle literalmente freno, lo hicieron demostrando los motivos por los cuales el tipo de relaciones sociales en las que se basaba dicho poder eran innecesarias.
No sólo se enfrentaron a una cierta forma de poder, desenmascarando sus mecanismos e intentando ponerle literalmente freno, lo hicieron demostrando los motivos por los cuales el tipo de relaciones sociales en las que se basaba dicho poder eran innecesarias.

Podríamos referirnos también a los métodos tan elaborados y sorprendentemente sofisticados que se han desarrollado con el fin de asegurar que esto funcione: las formas de consenso modificado necesarias en grupos muy numerosos; las maneras en que el propio consenso refuerza el principio de descentralización al procurar que no se presenten propuestas en grupos demasiado grandes a no ser que sea imprescindible; los mecanismos que posibilitan la igualdad de género y la resolución de conflictos… La cuestión es que se trata de una forma de democracia directa muy diferente a la que solemos asociar con el término o, en todo caso, a la que empleaban los anarquistas europeos o norteamericanos en generaciones anteriores o, incluso, a la utilizada todavía hoy en las asambleas urbanas argentinas, por ejemplo. En Norteamérica, el proceso de consenso surgió sobre todo en el movimiento feminista como parte de una amplia reacción contra algunos de los elementos más aborrecibles y ególatras del liderazgo machista de la nueva izquierda de los años sesenta. El procedimiento fue adoptado en gran medida de los cuáqueros y de los grupos que se inspiraban en ellos, y los cuáqueros, a su vez, afirmaban inspirarse en los nativos americanos. De todos modos, resulta difícil determinar en términos históricos si esto último es cierto. Sin embargo, los nativos americanos tomaban las decisiones normalmente de una forma consensuada. En realidad, la mayor parte de las asambleas populares existentes hoy en día así lo hacen, desde las comunidades de habla tzeltal, tzotzil o tojolabal en Chiapas, hasta las fokon’olona de Madagascar. Después de haber vivido dos años en Madagascar, me sorprendió lo familiares que me resultaron los encuentros de la Red de Acción Directa en Nueva York la primera vez que asistí a ellos, siendo su principal diferencia que el proceso de la RAD estaba mucho más formalizado y era más explícito. Pero hacía falta explicarlo, porque nadie entendía cómo podían tomarse las decisiones de aquel modo, mientras que en Madagascar era algo que se aprendía al mismo tiempo que a hablar.

De hecho, y los antropólogos son muy conscientes de esto, toda comunidad humana conocida que tiene que tomar decisiones utiliza alguna variedad de lo que denomino «proceso de consenso», excepto las que se inspiran de algún modo en la tradición de la antigua Grecia. La democracia mayoritaria, en lo formal las Reglas de Orden de Robert, raramente surge por propio acuerdo. Parece curioso que casi nadie, incluyendo los antropólogos, se pregunte por qué ocurre esto…

David Graeber

(“Fragmentos de antropología anarquista” )

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